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lunes, 13 de mayo de 2013

08 Asunto de pozos

Soñaba con pozos. Una, dos y hasta tres veces a la semana soñaba con pozos. Era recurrente y preocupante. Pozos grandes, pequeños, bien y mal hechos, pero siempre pozos. Lo hablé con mis amigos, con mi psicólogo, ¿por qué pozos? En realidad un pozo, porque en mi sueño había sólo uno, no era un terreno repleto, era uno, solitario, casi abandonado podría decirse.
Mi analista me recomendó acercarme a la naturaleza. Según él, los sueños podía ser producto de mi prácticamente nulo contacto con la tierra y las plantas, ya que en mi trabajo rodeado de computadores nunca veía ni una hoja verde, sin contar las fotos. Al principio me resistí un poco, la idea me parecía algo tonta. ¿La naturaleza me llamaba? Nunca imaginé que la Pacha-mama se pudiera meter dentro de los sueños y perseguirnos, cual Freddy Krueger. Los sueños sobre pozos ya me estaban colmando la paciencia y decidí ponerles un final, cortarlos de raíz, irónicamente. Un día me calcé ropa cómoda, tomé una pequeña pala anaranjada y puse manos a la obra. No tenía la menor idea de lo que hacía. Recordé vagamente a mi abuela diciendo como remover la tierra sin dañar a las plantas. Debo confesar que me sentí un completo inútil. Tarde me di cuenta que mi jardín estaba totalmente desastroso y ya no me sentí un inútil, lo confirmé.
Durante tres noches no hubo pozos en mis sueños, me creí salvado; pero no por mucho más, porque a la cuarta noche el pozo regresó, esta vez enorme y con montones de hojas dentro. Mi decisión fue la siguiente, debía seguir con el trabajo en el jardín, pero antes de arruinarlo preferí ver uno de esos canales donde te dicen cómo hacer las cosas tu mismo. Miré horas de programas sobre árboles, flores, huertas y pensé "Tengo dos opciones: o sigo viendo hasta quemar mi última y triste neurona o comienzo a poner mis manos en la tierra" Escogí la segunda opción, claro. Fui al vivero más cercano, compré unas bonitas plantas que la dueña me recomendó. Todos los días, al volver del trabajo, planté, regué y cuidé de esas flores y arbustos. Lentamente me volví todo un experto. Al cabo de un año todos mis vecinos envidiaban mi jardín, las señoras querían mis humildes secretos y yo solo les contestaba que cuidaba de cada planta todos los días. Ni siquiera me percaté que los pozos ya no existían en mis sueños, me lo recordó un amigo, cuando se echó a reír y me dijo: "Nunca escuché a alguien hablar tanto de pozos, como cuando tenías esas pesadillas recurrentes". Me di cuenta que era cosa del pasado, que ya había saldado mi cuenta con la Madre naturaleza. Ese día soñé con enormes árboles, que trepaban hasta el infinito, con flores de espléndidos aromas y animalitos muy simpáticos; juro que me sentí como princesa de Disney y obviamente rechacé la idea de ponerme a cantar con los pájaros en mis manos, a lo sumo yo sería un príncipe.
En unos de mis nuevos sueños vi la figura de una mujer entre las ramas y las hojas, me arrebató el corazón. No vi su rostro pero si sus dulces movimientos y quedé encantado. Los días siguientes me levanté triste, por no volver a soñar con ella. Pero no pasó mucho tiempo para conocerla de verdad. En una simple reunión de amigos me presentaron una mujer, “ella también es una loca por las plantas” me dijeron entre risas. Yo no supe que cara poner cuando le conté sobre la manera en que comencé a cuidar mi jardín, pero ella sonreía y decía que no podía creer como un pozo en un sueño pudo haberme llevado tan lejos.

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