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martes, 28 de mayo de 2013

09 Romanos y egipcios

Se pasaba horas en la cafetería de la esquina, navegando entre tazas de cortados y libros de historia antigua. Le encantaban los romanos, le parecía que había vivido todo ese tiempo en la vieja Roma. Siempre llegaba puntual, a las tres de la tarde, y se iba después de caída la noche. Cada vez que lo veía entrar yo me encargaba de servirle su pedido; como ocupaba la misma mesa todos los días estaba reservada para él. Me llamaba tanto la atención, me encantaba la manera en que leía sus textos y las poses que cambiaba, a veces parecía que iba a ponerse a caminar por todo el lugar para estar cómodo. Mis compañeros insistían para que yo le dijese algo más, tenían la idea de que él venía por mí, me daban risa sus ocurrencias. La verdad es que yo no sabía bien que podía decirle, no se me caía una sola idea de la cabeza.
Un día, como si fuésemos conocidos de toda la vida, me contó que amaba la historia de Imperio Romano, que lo cautivaba, mi respuesta fue un simple “Ah”, largo y soso. Pero lo pensé mejor, debía decirle otra cosa en ese instante…
- Prefiero los egipcios. – dije sin entender el por qué de un comentario tan estúpido.
- Debés ser algo esotérica. – dijo y sonrió.
No supe cómo seguir después de su sonrisa, quedé como embobada. Hice un gesto cordial y fui a atender otros clientes. Pensé que jamás querría volver a hablar conmigo luego de esa tontería; pero parece que para él no fue nada, porque vino igual que siempre los días siguientes. Recé para que olvidara a mis amigos egipcios, el sólo pensarlo me daba vergüenza.
Al pasar una semana de lo ocurrido, llegó al bar con sus libros y una pequeña bolsita. Me acerqué con su cortado, un vaso de soda (que jamás bebía) y unos bocaditos de limón, como atención de la casa. Esta vez fue diferente, se veía más feliz que de costumbre.
- Tomá, para vos. – me dijo y extendió la mano con la bolsita color verde.
- Gracias. – Le contesté, bastante sorprendida.
Cuando abrí el paquete y el collar plateado con forma de escarabajo estilo egipcio sentí una vergüenza espantosa, que me invadió todo el cuerpo. No sólo no se había olvidado de mi comentario, sino que además lo había analizado y comprendido de manera tal que el regalo perfecto para mí era algo egipcio. Juré cerrar la boca, antes de decir otra cosa como esa.
- No te hubieras molestado, no era necesario. - ¿Qué más le podía decir? – Es muy lindo, gracias. – Y eso fue lo que me salió como agradecimiento.
- Pensé que te podía queda bien y que te iba a gustar. – Y claro que me iba a gustar, si me lo regalaba él.
Insistió tanto en que lo use, que no tuve otra opción y accedí a que él pusiera el colgante en mi cuello. Por supuesto que dijo que me quedaba perfecto y además debía tener como amuleto de la suerte, porque ese era su significado. Yo no sabía cómo darle las gracias por el obsequio, pero él amablemente me aseguró que ya habría tiempo para eso, que podía hacer cualquier cosa, que estaría bien como agradecimiento.
Tres días fue el tiempo que me tomó invitarlo a tomar un desayuno juntos. Pero él me sorprendió de nuevo.
- Sólo aceptaré tomar un café ahora si vos aceptás cenar conmigo esta noche. – Esas fueron sus palabras.
- Bueno – atiné a decir ante su aceptación con petición de cita incluida.
Me sentí muy feliz al saber que el historiador estaba tan interesado en mi como yo en él.

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