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sábado, 6 de julio de 2013

11 La paz del fin

Ella había perdido todo; su dinero, su casa, su familia, su amor; ya no tenía esperanza en el corazón. Se le había vaciado el alma. Caminaba completamente sola, era de madrugada, las luces de la calle alumbraban las veredas. Soplaba un viento frío y suave, que le acariciaba la cara. Las lágrimas estaban cecas en sus mejillas, su pelo caía alborotado sobre sus hombres y espalda. Sabía que no podía volver atrás, porque nadie la estaría esperando. Le asustaba pensar en el futuro, pensaba que ya no había nada más adelante.
Miró la luna, mirando el recuerdo de lo que alguna vez fue su vida. Vino a su mente la primera vez que mató una persona, no fue fácil, pensó, era inexperta en aquel momento. Antes creía en Dios, creía en el bien y el mal, hasta que comenzó a matar. Ser asesina a sueldo le dio de comer por años, pero empezar en ese trabajo fue difícil. Parecían cosas de la rebeldía, eso decía ella. Una situación fue llevando a la otra, tal vez fue así. Lo primero que probó fue la venta de drogas, pero no era muy buena para los negocios, su socio la convenció de ser guardaespaldas. Tenía habilidad para la pelea, lo suyo eran los golpes. Cuando tomo a su primera víctima la escogió luego de pensarlo mucho, no estaba segura de hacerlo. Apretar el gatillo le producía adrenalina, lo descubrió la noche de ese asesinato, cuando dejó tumbado en el suelo a un deudor. Sintió algo de culpa, pensó en la familia del hombre, pero se dijo que algo malo habría hecho para terminar así. Había matado tanto, había visto tanta sangre. Pero jamás la de sus seres queridos. Se había metido en algo grande que se le fue de las manos. Ellos prometieron venganza y la cumplieron.
Se sentó en el umbral de una casa, su herida no paraba de sangrar. Nunca pensó que todo terminaría así, que moriría de la misma forma que habían muerto sus víctimas. Una lluvia leve comenzó a caer. Le advirtieron no meterse con la mafia china, esos orientales y sus normas estrictas. Su grupo pensó que podrían engañarlos, estafarlos con la droga y liquidarlos, como tantas otras veces habían hecho. Ahora era tarde para pensar dónde se había equivocado, quizá fue desde el principio, quién sabría decirlo. Pero terminaron siendo emboscados y tiroteados; ella se llevó la mejor suerte, un solo disparo y salió corriendo del lugar.
Ya no le quedaban más fuerzas, se sentía sumamente cansada. Cuando estaba cerrando los ojos un hombre apareció frente a ella, era de edad avanzada e iba con bastón. Le preguntó si podía ayudarla, ya que estaba sentada en la entrada de su casa. La mujer no entendió muy bien que sucedió, pero accedió a entrar en el hogar del anciano. Él la ayudó a pararse, le pareció extraño a ella sentirse tan bien. Subieron las escaleras y a cada paso que daban ella se sentía más fuerte. Con su abrigo intentaba tapar su herida de bala y la sangre en su ropa. Se dio cuenta que ya no sangraba su cuerpo. Entró en la casa erguida, sin sentir dolor alguno. Todo se había ido, no le importaba lo que sucedió, no quería tomar venganza por sus compañeros muertos, ni pensaba en la gente que había asesinado. El hombre cerró la puerta, dejó su abrigo colgado, caminó por el pasillo y le dijo a ella que lo acompañase. No se preocupó por las manchas de sangre en su camisa, siguió por el extenso pasillo, se percató que ya nada le dolía, no pensaba en nada y se llenó de paz. Ya estaba muerta.

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