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jueves, 15 de agosto de 2013

13 Un niño y su caja de madera. Parte 1

Era una noche solitaria, la radio me hacía olvidar el cansancio y la calefacción permitía que no me entumeciera del frío. Iba por una ruta ancha, completamente desolada, solo los postes de luz iban conmigo. El camino se bifurcaba y, tal como me habían dicho, tomé por la derecha. Apenas un kilómetro después de un gran cartel  una luz me encegueció. Allí estaba un niño, flotando en la nada, brillaba como el sol del verano, era doloroso mirarlo, pero imposible dejar de verlo. Su cabello era negro como esa noche, sus ojos unos terribles zafiros penetrantes y sombríos.
Fue solo en un instante. Me encontraba en una extraña habitación, donde nada encajaba. Una escalera sin barrotes, que más bien eran escalones prendidos de la nada; sillones enormes y de colores estridentes, rojos, celestes, verdes; una mesa de té servida; el piso era como un gran tablero de ajedrez y daca mueble ocupaba un escaque. Había además tres ventanas que no conducían a ningún paisaje, eran tan blancas como la pared misma. Me recorrió un escalofrío molesto y apareció el niño. Era de un tamaño pequeño, exageradamente, parecía más un muñeco que un chico.
- Morirás – me espetó con un tono casi burlón – Si no me atrapas, vas a morir. Verás, ahora estás bajo una maldición y si no me atrapas en aquella caja no podrás seguir viviendo. Tienes dos días para volver a encontrarme y encerrarme. Será divertido. – Dijo y sonrió como un desquiciado – Pero no intentes matarme, no podrás hacerlo. Eso es parte de mi maldición, no puedo morir.
Sentí terror al pensar que algo así me estaba sucediendo. Pero sentí pesar en sus últimas palabras, sentí un deseo entre líneas, él buscaba alguien que lo matase, para poder descansar en paz, quería ser atrapado. Sin dudar tomé un cuchillo de la mesa y se lo clavé en el pecho, hice un corte profundo, pero no sangró. Con una media sonrisa dibujada en el rostro me repitió que no podía morir, no allí.

Luego de parpadear estaba de nuevo en mi coche, con la radio y la calefacción, a un costado de la ruta. En el asiento del acompañante estaba la caja, un rectángulo de madera que pesaba más de lo que parecía. Lamenté que ya no podría visitar ese lago tan bonito que me había recomendado, debía ocuparme de la maldición que tenía sobre mi cabeza. Una pregunta me asaltó de repente: ¿Dónde puedo encontrar a un niño muñeco maldito que no puede morir?






En unos días publicaré el final de la historia, que aún no sé cuál es!

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