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martes, 27 de agosto de 2013

13 Un niño y su caja de madera. Parte 2(Final)

Si querés leer la primera parte de la historia CLICK AQUI

Decidí partir de la corazonada que tuve al escucharlo hablar, si él quería morir no haría falta buscarlo, vendría a mí, así que solo me restaba esperar su aparición. Paré en un hotel de la ruta y me alojé en el cuarto más alejado, para no tener a nadie cerca. Me parecía lo mejor. Hice guardia sin moverme de la cama, sentada con la espalda contra la pared. No encendí la TV, ni me bañé. A penas comí un sándwich y tomé café, mucho café. Necesitaba estar atenta y despierta. Se escuchaba el rumor de los árboles, había viento fuerte afuera. Me sentí cansada, hacía hora que no dormía, había estado en el auto mucho tiempo y no podía descansar en ese momento, porque estaba a la espera de su llegada. Debía aparecer ese demonio.
Los párpados me pesaban, estaba demasiado agotada. Cuando creía que el sueño me vencería sentí ruidos afuera. Me pareció ver algo y me acerqué a la ventana. Miré a través del vidrio los árboles que se mecían con el viento y más lejos unas plantaciones. En el bosquecillo me pareció ver una silueta, allí estaba. Sus ojos lo delataban, dos penetrantes pupilas y su iris azul que inducían al espanto.
Salí a su encuentro. Estaba muy cerca cuando él se echó a correr, o a flotar, no sabría precisarlo. Comencé a seguirlo, iba a toda velocidad. Sentía que no podía alcanzarlo, corría con todas mis fuerzas y aún así parecía alejarse cada vez más. Él giraba y me veía perseguirlo. Me miraba fijo a los ojos siempre que se daba vuelta. Tenía que resistir hasta atraparlo, no importaba otra cosa. Paró de repente y subió a la rama de un árbol. Me observaba desde allí, sabía que yo no podría volver a seguir el ritmo de carrera. Mi respiración era de lo más agitada, apoyé las manos en las rodillas para tratar de tomar aire. Caí sentada en el piso, sobre las raíces que sobresalían de la tierra. Esos dos zafiros estaban atentos a cada uno de mis movimientos, medían cada músculo de mi cuerpo, estudiaban mi cansancio. Me desesperaba esa mirada, me daba terror saber que me enfrentaba a ese niño tan extraño.
Me di cuenta que no sabía dónde me encontraba, ni recordaba hacía que dirección estuvimos corriendo. Estaba totalmente perdida, pero lo tenía a él a mi alcance. Eso era lo importante. Recobré algo de fuerza, me paré y me aproximé al árbol en donde estaba el muñeco. Comencé a trepar, como podía me tomaba de una y otra rama, hasta llegar a él. Me fui acercando cada vez más, lo tomé con las manos. Ya era mío. Lo había logrado, lo tenía. Y sentí la rama crujir y quebrarse.

Desperté por la luz del sol. Me dolía mucho la cabeza. Pude sentarme y miré a mi alrededor. ¿Dónde estaba? Me sobresalté, pero vi la caja de madera a mi lado y sentí un gran alivio cuando comprobé que estaba cerrada. Sellada y con un candado, que antes no tenía. Tomé la caja y caminé por la orilla del lago. Vi mi auto estacionado cerca, corrí hacía donde se hallaba. Algo dio golpes en mi pecho al correr. Busqué con la mano y saqué una pequeña llave plateada. Encajaba perfecto con la cerradura del candado, pero no probé abrirlo. Jamás dejaría que alguien abriera ese candado.

2 comentarios:

  1. Una historia perfectamente contada que te mantiene con los ojos abiertos hasta el final.

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    1. Q bueno q te haya gustado Javier. Gracias por el comentario!

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