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viernes, 3 de enero de 2014

21 Dulce y eterno amor

La amaba tanto, que no lo podía ocultar. Amaba sus ojos, su pelo, sus manos, su cuerpo, su todo. Tanto era su amor que no lo podía contener. No paraba de pensarla, de imaginarla, de quererla. Sufría por su amor, por tenerla solamente para él. Amaba que fuera suya, de nadie más. Porque él era quien más merecía tenerla, su amor era enorme, era dulce y debía ser eterno.
La amaba tanto, no podía soportarlo, ese brillo que ella tenía, era su sol, su razón. Todo lo que ella significaba para él, su mundo, algo que proteger. Cada minuto de vida le pertenecía y quería gritarlo. ¡Ellos eran uno! ¡No había vida sin ella! Ella era suya y no podía ser de otra manera.
Él lo había jurado, amarla y cuidarla. Protegerla de todo lo mal, todo eso que se podía acercar a ella, aquello que quizás estaba muy cerca, debía estar allí afuera. No lo permitiría de ningún modo, nadie tocaría su tesoro, porque eso era ella.
De qué manera la amaba, de una manera loca, de esa forma en que debía hacerlo, de tal modo que se volvieran uno, así ella sería nada más que para él. La amó tanto. Selló su amor con un lazo de sangre. La amó tanto. En una noche se unió a ella. Sintió su corazón latir, su respiración débil, su alma junto a él. La amó con siete puñaladas. Sintió como se iba de su cuerpo, como se unían en uno solo. Vivió para su último latido y se fue con ella. Se fueron a la eternidad juntos, porque él no supo de qué otra manera amarla.

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