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viernes, 13 de junio de 2014

36 El hechizo de las mariposas

Hay algo que siempre odié, las mariposas. Desde niña me parecieron horripilantes, tétricas y repugnantes. Jamás entendí cómo a alguien le podría gustar algo ciego, que vuela de manera tan tope y tiene combinaciones de colores tan feas.
La casa de mi profesora de idiomas estaba repleta de objetos con dibujos de esos bichos horrendos, adornos, manteles, tazas, luces. Lo peor de todo eran los cuadros de mariposas muertas. Espeluznantes cadáveres puestos de manera tal que parecía que saldrían volando de un momento a otro. ¿Quién en su sano juicio cuelga seres sin vida en una pared? Era una pesadilla ese sitio, no podía concentrarme nunca en mis lecciones. Con tantos muertos alrededor. Asquerosos muertos en todos lados. Siempre miré sus cuerpos inertes, pegados detrás de un vidrio, con las alas de colores lúgubres, posando para la decoración espantosa. Quietas como esperando el calor que avive sus almas.
El otoño resultó ser la estación más funesta, antes de eso solía ser mi favorita; pero ese otoño fue inolvidable. Comenzó con una gran tormenta, no había paz y el frío parecía el del crudo invierno. Mi lección de idiomas de los miércoles no se había postergado. Los relámpagos inundaban inconstantes la habitación, sus luces hacían resplandecer los vidrios y sus ruidos los hacían temblar. La señora de las mariposas decidió que tocaba alemán y empezó con su clase. Yo no podía evitar ver los cadáveres, como se iluminaban y vibraban, una y otra vez. Parecían moverse, bailar la canción de la muerte, ir al compás de una música inaudible. Allí dentro estaba cálido, por la chimenea. A la instructora no se le ocurrió mejor cosa que echar más leña y avivar el fuego. Lentamente el calor se hizo cada vez más insoportable. La mujer seguía dictando la lección, con una expresión macabra y un halo extraño en los ojos. El aire se volvía cada vez más denso. Los rayos parecían romper el cuarto, la luz rebotaba por todos lados y el sonido tenía eco monstruoso. Ante mi trémula mirada los vidrios que contenían a las mariposas se rompieron en mil pedazos, esparciéndose por doquier.
Fue luego de un resplandor enceguecedor. Las alas de las mariposas se movieron, sus cuerpos cobraron vida y comenzaron a volar por todo el lugar. Estaban histriónicas, su vuelo no era normal, eran rápidas. Las sentía golpearse contra mí, eran como filosas piedras lastimando mi piel. Ahogué mis gritos, por temor a la posibilidad de que las mariposas pudieran entrar por mi boca. Con desesperación traté de buscar ayuda, pero la dueña de la casa parecía estar ida, como un sonámbulo en plena noche. Lo único que hacía la mujer era mirar hipnotizada el espectáculo. La sacudí, le grité, mientras chocaban contra espalda los asquerosos muertos vivientes. Súbitamente la profesora empezó a reír y sus ojos expresaron su locura, corrió hasta la chimenea pinchó un leño prendido fuego y lo batió entre las mariposas. Todos los insectos seguían volando mientras ardían y propagaban el fuego en toda la habitación. Abría una de las pesadas ventanas, salté a través de ella y corrí por el jardín.
Miré mis manos, estaban ensangrentadas porque me defendí con ellas. Las gotas de lluvia me empaparon por completo mientras yo observaba inmóvil como el fuego se devoraba la casa y las llamas terminaban la pesadilla.

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