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sábado, 7 de febrero de 2015

50 Chico conoce chica

Se sintió confundido. Lo que había hecho cambiaría su vida y la de todos a su alrededor. Se sentó en la silla, sus piernas temblaban. No podía creer lo que estaba pasando. Tapó su cara con sus manos y se largó a llorar sin poder parar.
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Nahuel siempre fue muy tranquilo, amable y algo tímido. Un verano en la playa conoció a Lorena. Ella era dulce y estaba todo el tiempo con él. Esa era una de las cosas que más le gustaban al chico; porque él quería tener una compañera de vida. Sus amigos a veces se reían de eso, les decían los siameses, siempre juntos a cualquier lado. Con el tiempo empezaron a vivir bajo el mismo techo, en el departamento de Nahuel. Al cabo de unos meses él renunció al trabajo, según ella le pagaban poco y debía conseguirse algo mejor. A partir de ese momento él sólo salía de la casa si era con ella. Su familia y amigos le hicieron notar que algo parecía funcionar mal en la pareja. Lorena lo justificó diciendo que sus padres no querían que él fuese feliz, por esto querían separarlos; y los otros, a quienes él llamaba amigos, no eran más que unos envidiosos.
Cumplieron su primer aniversario; festejaron solos los dos. La vida de Nahuel estaba cambiada por completo, ahora se encargaba del hogar. Casi ni salía, no le interesaba hacerlo, ni siquiera para hacer las compras. A los seis meses él lloraba en la habitación, no entendía qué había hecho mal, por qué se comportaba tan mal con ella. Nahuel era tan cruel con Lorena, que ella debía golpearlo para que él aprendiese. La chica se enojaba a menudo; gritaba que él hacía todo mal; le daba una lección para que entendiera cómo debía hacerlo. Los golpes eran cada vez más fuertes. Él sentía cada vez más vergüenza y dolor.


Un día llegó una visita inesperada. Por la mañana tocó el timbre Pablo, un amigo de la infancia de Nahuel. Extrañaba juntarse todos los miércoles a la tarde a tomar mates. Nahuel le pidió que no subiera porque estaba muy ocupado. Pero Pablo no escuchó, entró al edificio al salir un vecino. El amigo no creyó en la historia de la caída, era poco convincente. Pablo le dijo que debía buscar ayuda, que no tenía por qué ser sometido a esas torturas; le pidió que se fuera con él, pero Nahuel se negó. Su amigo de la infancia prometió que volvería y le dijo que siempre podía contar con él.
Lorena se enteró por una vecina de la visita de Pablo. No se lo perdonó a Nahuel. Comenzó a hostigarlo, estaba colérica y más agresiva que nunca. Él empezó a sentir que no podía continuar así, que la situación llegaba a un extremo impensado. El chico yacía en el piso de la pequeña cocina-comedor, temblaba de miedo. Ella sacó un cuchillo del cajón, el más grande que tenían. Dijo algo sobre una lección que nunca olvidaría, que esta vez había pasado un límite y debía aprender de una vez por todas. Los ojos de Nahuel se llenaron de terror al verla acercarse. Él intentó defenderse como pudo, con sus últimas fuerzas. Logró doblegar la mano de Lorena y empezó el forcejeo. Ambos peleaban como locos, uno lo hacía para sobrevivir, la otra por simple locura. El cuchillo se resbaló de la mano de ella y cayó sobre su pierna, provocándole un gran corte. Él se levantó asustado por el alarido de dolor. Nahuel corrió hasta la habitación y cerró la puerta. Llamó al 911 y esperó mientras escuchaba las amenazas de Lorena desde el otro lado de la puerta. Cuando dejó de oírla salió de la habitación. La encontró tirada en el piso. Estaba muerta.

Pablo llegó 15 minutos después del llamado desesperado de su amigo. La policía y la ambulancia tardaron horas.

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