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martes, 15 de marzo de 2016

60 Los cuatro de Dimpna

Durante mi habitual recorrido por la biblioteca un libro llamó mi atención. De tamaño mediano, color bordó y grabado en dorado “Dimpna”. Al abrirlo cayeron un par de hojas escritas a mano, parecía una carta. Me asombré al ver que el libro estaba completamente en blanco, así que no me quedó más remedio que contentarme con la carta y comencé a leerla…
Lo que vas a leer en estas líneas es mi secreto mejor guardado, el mío y el de mis amigos. Éramos 4 en total, no diré nuestros nombres, así que me referiré a nosotros por nuestras iniciales: JB, FA, DR y yo, KM.
Teníamos 15 años cuando decidimos explorar el hospital abandonado. “El loquero embrujado” solíamos llamarlo. Pasábamos por ahí al volver a casa de la escuela. Era un edificio imponente, derruido por la desidia, pero que aún se mantenía en pie como un lúgubre monstruo de concreto. Jamás sabré decir por qué nadie cuidaba de él, ni siquiera había un guardia para impedir el paso. Pero ninguna persona se atrevía a pasar una noche ahí dentro. Era tal el respeto que imponía el edificio encantado.
Fuimos osados, o quizás algo tontos. Nuestro plan era quedarnos 24 horas en el hospicio. Para esto llegamos a las 18hs de un sábado de invierno, pasaríamos la noche ahí y saldríamos victoriosos el domingo a la misma hora. Por supuesto que llevábamos cámaras para registrar nuestra gran aventura. FA era nuestro camarógrafo, DR el conductor estrella, JB y yo nos encargábamos de llevar las mochilas y señalar los lugares más extraños.
FA tenía tanta admiración por todo lo que encontrábamos; por momentos se quedaba inmóvil viendo los dibujos que los locos habían hecho en las paredes, o mantenía la vista fija en los barrotes de las ventanas. Habitaciones con millones de ojos o con llamaradas dibujados de una manera perturbadoramente real. Sillones aparatosos con correas, que parecían hechos para torturar. Cadenas en las paredes de cuartos por donde no entraba ni un rayo de luz. A JB le temblaba la voz al hablar, más oscurecía y más temblorosa se volvía.
Ante el riesgo de quedarnos sin batería, y también por un poco de cobardía, decidimos parar en una habitación. Pequeña pero bien iluminada por la luna, tal vez también fue la cobardía la que nos hizo elegir ese lugar. Cerramos la puerta, nos tendimos en el piso frío. Al mirarnos comprendimos que ninguno podría dormir. Comenzamos a hablar tonterías, para no sentir el miedo que nos provocaba estar ahí adentro. Conversamos hasta casi el amanecer. Se produjo un silencio incómodo y FA propuso grabar la salida del sol desde un buen sitio; salimos del cuarto, creímos que con la luz solar nos sentiríamos más seguros.
FA y JB se adelantaron un poco y entraron en alguna habitación que estaba a unos metros. Solo escuché un golpe fuerte, un grito de terror, una luz enceguecedora. Vi a JB correr como nunca antes, lo seguí. Estábamos en planta baja cuando pude alcanzarlo, lo tomé del brazo y al darlo vuelta vi su cara de pánico. Se aferró a mí en un abrazo y comenzó a llorar. DR nos encontró cuando el sol ya brillaba en el cielo. Nos preguntó por FA. Recuerdo que lo buscamos por horas. Solo encontramos la cámara. La grabación terminaba con un sonido atronador, como si algo se quebrara, un grito y casi en simultaneo una luz que dejaba la imagen en blanco.
Jamás volvimos a reunirnos. FA nunca más apareció, sus padres lo buscaron hasta que murieron. JB guardó el secreto durante cinco años, no pudo soportar el dolor y se quitó la vida. Después de eso DR no volvió a hablarme, al año tuvo un accidente mientras manejaba por una ruta desierta. Sé que a ambos la conciencia les pesaba tanto como a mí.
Hoy estoy seguro que ellos vienen por mí, por fin estaremos los cuatro de nuevo juntos.
K. M.

PD: No es necesario que guardes nuestro secreto.

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